Mónica García Miranda, una doctora a ritmo de samba en Brasil

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Papá Noel nos vende los adornos navideños en chanclas y bermudas


Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Mónica García Miranda

Yo soy de los que opinan que el amor es lo más importante en la vida, por encima de todo. Cuando antepones cualquier cosa a tus sentimientos, seguro que te arrepientes. Historias como la de Mónica García Miranda (24/11/1976), terminan por darme la razón.
Mónica estudió en el C.P Tierno Galván y en el Instituto de Bachillerato de Santo Domingo antes de partir hacia Sevilla para cursar su primer año de Medicina. Curiosidades de la vida, no se sintió capaz de estar tan lejos de su hogar (hoy se encuentra a más de 10.000 kms), y decidió seguir sus estudios en Granada. Durante el tercer año de carrera, consiguió una beca para Brasil, sin saber que esa experiencia cambiaría su vida para siempre. Estuvo haciendo prácticas en el Departamento de Patología y Medicina Legal de la Facultad de Medicina de Marília (São Paulo). “Cualquier estudiante de tercer año de medicina fliparía con lo que hice allí. Estaba en un auténtico CSI brasileño”. Mónica destinaba su tiempo a hacer todo tipo de disecciones, necropsias, autopsias, partes de lesiones… y a asistir a unas clases teóricas que no le gustaban nada, pero el destino le sonrió puesto que allí fue donde conoció a Rodrigo, un estudiante de medicina brasileño hasta la médula, que hoy es su marido. “Fue amor a primera vista, a segunda, a tercera…”.

Cuando acabó su beca, pensó que jamás volvería a ver a Rodrigo… Hasta que meses después se presentó en Granada en busca de su amor. “A partir de ahí fue un ir y venir, y todos los ahorros se iban en billetes de avión. Fueron muchas despedidas en aeropuertos y muchas lágrimas”. Y la incertidumbre de no saber cuándo se volverían a ver, hasta el punto que ninguna de las dos familias apostaba por esta relación. Pero el amor fue más fuerte que la distancia y, tras siete años, hicieron realidad su sueño de estar juntos para siempre. Ella, como ejidense cabezota, consiguió que se casaran en nuestra tierra, pero tocaba decidir entre otro dilema. ¿Dónde vivir?

BRASIL

Rodrigo lo tenía todo preparado para trabajar como cirujano digestivo en la clínica de su padre, así que Mónica tuvo que hacer las maletas y cambiar el Paseo de las Lomas por el país del carnaval más famoso del mundo.
Mónica García compatibiliza su trabajo en la clínica con la traducción de un libro de medicina, además de disfrutar de su pequeña Paola, de dos añitos, su gran tesoro. “Es muy graciosa porque está empezando a hablar y mezcla el portugués con el español”.

Brasil es 15 veces más grande de España. Sólo en Sao Paulo viven 20 millones de personas, un auténtico caos, sobre todo para el tráfico. “Existe un sistema de rodicio. Cada día de la semana está prohibido que circulen los coches que terminan en un número. Por ejemplo, los lunes no pueden circular los coches cuya matrícula termine en 5 y 7. De lo contrario, son multados. Así disminuye el número de vehículos en movimiento dentro de la ciudad”.

A Mónica le encanta la diferencia racial y cultural que hay en Brasil. “Mi marido es descendiente de italiano y austriaco por parte de sus abuelos paternos, e indígena y español por parte de los abuelos maternos. Y para rematar la faena casado conmigo, española”. ¡Vaya cocktail de genes que tiene la pequeña Paola!
Vive en Ribeirão Preto (Sao Paulo), una ciudad de 600.000 habitantes con clima cálido y seco, y con tan solo dos estaciones, la seca y la lluviosa (un año estuvo lloviendo un mes sin parar). “Es extraño pasar las Navidades aquí que es pleno verano con un calor húmedo insoportable y en bikini. Cuando vamos a los centros comerciales a comprar los típicos adornos de Navidad, el Papa Noel los vende con chanclas y bermudas”. Allí no se comen las doce uvas, sino que se va a la playa y a media noche tienes que entrar en el mar y saltar siete olas de espaldas para tener suerte el próximo año. Es un lugar con mucha fauna y flora. “Puedes encontrarte con monos, lagartos, boas, aves exóticas silvestres como las “araras”, periquitos de todos los colores volando… Mis suegros viven a las afueras y en su casa colocan bananas para que pasen y paren a comer por allí los monos Ya tuvieron que llamar dos veces a los bomberos y a protección civil para que retirasen del terreno una boa que medía más de un metro y medio”. Los primeros meses lo pasó un poco mal. “Hice y deshice las maletas más de 10 veces. Le decía a Rodrigo que me iba a mi tierra, que no aguantaba más. Mi marido se reía y me decía: ¡Ay! ¡Mi españolinha melodramática, mi españolinha brava!” Y es que allí los españoles tenemos fama de bravos y de impacientes. ¡Lo queremos todo en el momento! Pero el amor pudo más y ayudaba a deshacer el equipaje.


La comida típica es la “Feijoada”, una que esclavos hacían con las sobras de sus señores. Usaban aquellas las partes que no querían (las orejas, el rabo tanto del cerdo como del buey…) y lo mezclaban con “feijao negro” (habichuelas negras). Pero Mónica se vuelve loca con las “Churrascarias”. “Te sientas en un restaurante y empiezan a traerte carnes, y más carnes. Más de 50 tipos: cocodrilo, capivara (roedor comestible), avestruz… pero mi debilidad es la carne de ternera y de buey. Son mejores en carnes que en España. Si tengo que decidir entre la “picanha” (un tipo de carne de buey), y el jamón dudaría mucho. ¡Pero como buena española, me decidiría por el jamón!”. No se crean que en su casa se han olvidado de la dieta mediterránea. El domingo, Rodrigo guarda el bisturí y cocina una rica paella que acompañan con sangría, “y con una siesta, que mi marido se las ha traído de España”. Las ventajas de mezclar culturas.
Como curiosidades, Mónica tiene para dar y regalar. Conduce un Ford Focus que funciona con alcohol. “Cuando lo cuento a mis familiares, no me creen. Se saca de la caña de azúcar y se utiliza como bio-combustible”.
Añora a su familia y amigos, que suelen visitarla. Un primo suyo, agricultor, quedó impactado al ver una mezcla entre calabacín, pepino y berenjena. El “chuchu”.
Lo peor de Brasil son sus diferencias sociales. Hay muchos pobres y pocos ricos. Las afueras de las grandes ciudades están plagadas de chabolas, lo que genera violencia. Por eso es el país con más coches blindados. Que no se preocupen los ejidenses, pueden venir de visita y comprobarán que es un auténtico paraíso. “Os recomiendo El Cristo Redentor, El Pan de Azúcar, y las playas de Salvador de Bahía o Recife”. Mónica dice que por ahora no piensa volver. Nosotros sí que volveremos pronto con más ejidenses por el mundo.


Ángel Moldes Anaya, en el frío de Noruega

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Me encanta pasear entre abetos de 15 metros


Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Ángel Moldes Anaya

¿Quieren conocer la historia de un joven ejidense que trabaja en Noruega decapitando ratas y diseccionado sus cerebros? ¿A que les pica la curiosidad? Ésta es la historia de Ángel Moldes Anaya (13/07/75), natural del barrio de “Las Acacias”, situado a medio camino entre Santo Domingo y El Ejido, y que confiesa que el hecho de nacer meses antes de que nuestro país retirase sus tropas de la zona del Sáhara Español, siempre le ha hecho reflexionar. Y ahora más.
Sus familiares, vecinos y amigos no se han movido de las casitas situadas frente la antigua cooperativa Ejidomar, pero la vida de Ángel sí que ha dado unos cuantos giros.


DE PUNTA A PUNTA DEL PLANETA


Poco antes de licenciarse en Química, hizo las maletas rumbo a la Patagonia argentina, una experiencia que le marcó de una manera especial. “el clima era muy frío, no había árboles, hacía viento, sólo se veía estepa antártica… y el verano era invierno y el inverno, verano”. Cuando regresó a casa, a finales de 2001, recibió con alegría la noticia de la concesión de una beca de investigación que había solicitado para un lugar que siempre le había atraído, Noruega. Y así es como Ángel Moldes desembarca en Trondheim, en el centro geográfico del país. Allí se encuentra la NTNU, en la que se gradúan el 80% de los ingenieros de Noruega. “El lugar es idílico: bosques interminables de abetos, nieve hasta cansarte, buena cerveza… y unas chicas maravillosas. Allí estuve dos años trabajando y aprendí la lengua y cultura noruegas dando clases a diario en un centro de estudios para adultos”. Pero su sueño era vivir en Tromsø, cerca del Círculo Polar Ártico.

Los lectores más avispados habrán recordado el fenómeno del sol de medianoche (midnattsol), presente en nuestros viajes por el mundo, y que también acompaña a Ángel durante su vida. Desde el 21 de mayo al 21 de julio, el sol se ve permanentemente, lo que implica que desde finales de abril hasta mediados de agosto, no hay ni un ápice de oscuridad. El efecto contrario se produce entre el 21 de noviembre y el 21 de enero, cuando están literalmente “a oscuras”. Los noruegos llaman a este hecho Mørketid (período de oscuridad).

Su trabajo allí no era del todo satisfactorio, lo que provocó que Ángel dejase atrás esas montañas eternamente nevadas y los bosques de abedules que mueren en otoño y resucitan en primavera, para volver durante un tiempo a España (León y Madrid, donde trabajó en INBIOTEC y en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, respectivamente). Pero Tromsø le dio algo que no olvidará jamás. Allí conoció a Helle, su mujer.

Su empeño en seguir disfrutando de Noruega hizo posible la oportunidad de trabajar en el Instituto Veterinario Nacional de Oslo, y en la Universidad (Instituto de Medicina Basal de la misma) como toxicólogo-neufarmacólogo, investigando sobre toxinas que producen temblores en animales y personas, afectando al sistema nervioso central. “Oslo es una ciudad pequeña, bonita… ¡y muy fría!”. Ángel y Helle residen en Kolbotn, a 20 kilómetros de la capital, rodeados de abetos de 15 metros de altura. “Vivimos en una casita de madera de 80 m en medio del bosque. Es un sitio muy tranquilo lleno de casas de madera y rodeados de bosques como el de la foto que hay en la entrada del COPO)”. Felizmente casado, tienen un bebé de siete meses llamado Håkon Angel.

La vida allí es muy tranquila. Sólo se trabaja de 8:00 a 16:00, por lo que dispone de tiempo libre. Pasean por el bosque casi todos los días, van a esquiar en invierno y hacen barbacoas en verano. Como Helle es del norte del país, van mucho de visita por esa zona, y por supuesto “bajan” a El Ejido siempre que pueden, para saludar a Ángel y a Pepi. “Si no fuese por mis padres, nunca habría llegado hasta aquí. Estoy orgulloso de ellos”, confiesa un emocionado Ángel.



DIFERENCIAS Y AÑORANZAS

La mayoría de sus amigos son noruegos. Ángel suele quedar con ellos para ir al bosque o tomar cerveza, que compran en Suecia porque el alcohol y la carne en el país vecino son la mitad más baratos (“bebemos cervezas noruegas o checas, que para mí es la mejor”). Y es que Noruega es el país más caro del mundo. Para que nos hagamos una idea, una cerveza de medio litro cuesta seis euros, y para comer medianamente bien, necesitas cien. Eso sí, los sueldos están entre los tres y cuatro mil euros mensuales, un excelente sueldo cuando comprobamos que las casas allí cuestan igual que en España. “La crisis no se nota mucho. El paro ha subido hasta el 4%… ¡Y están asustados!”.

“La principal diferencia que encuentro entre el español y el noruego es el orgullo que sienten por su país”. Cada casa tiene un mástil del que ondea la bandera nacional, de 3×4 m. Además, el 17 de mayo, día de Noruega, es una explosión de celebraciones. Hasta tal punto sienten ese “patriotismo”, que mantienen sus tradiciones hasta el extremo.

El ritmo de vida es más pausado que en España. “Son muy deportistas y los veo más sanos que nosotros”. A los noruegos les encanta caminar por el bosque, y casi todas las familias tienen una “hytte” (cabaña en el bosque preparada para esquiar y disfrutar de las vacaciones).



Ángel echa de menos, además de a sus seres queridos, la Alpujarra (ver el “Pecho Cuchillo cada mañana”). Afirma casi no conocer El Ejido. “Añoro una época, un momento determinado en un sitio determinado, y eso ya no existe”. Al llevar tantos años fuera, todo ha avanzado de una forma diferente a cuando él estaba. “Tengo melancolía de la España de cuando yo era niño…”. También se acuerda mucho de su perrito Curro, al que sacaba a pasear a un secano cerca de su casa. “Me arrepiento de no haberlo hecho más veces cuando estaba vivo”.

Nos recomienda encarecidamente que visitemos el país. Nos enamorará. Por ahora, Ángel no tiene planes de volver a España, aunque piensa mucho en su tierra, lo que le hace recordar un par de anécdotas que quiere compartir antes de despedirse: “Un tópico muy gracioso aquí es “hacer una españolada”, expresión que se utiliza cuando haces algo ilegal como saltarte un stop”. A Ángel le hace mucha gracia, no como la manía que tienen los noruegos de llamar “Syden” a todo el territorio comprendido desde España a Turquía. “Me fastidia mucho cuando algún noruego dice que ha estado en el syden, refiriéndose a España”. Ángel, más abajo aún del Syden, en El Ejido, te estaremos esperando para tu próxima visita.

Víctor Manuel, un ejidense en Save the Children Honduras

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Añoro atravesar la Plaza Cervantes con el sol en pleno apogeo


Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografía: Víctor Manuel González Requena

La búsqueda de ejidenses por el mundo que me he propuesto hace que tengamos que desplazarnos mentalmente hasta Honduras, donde desde hace dos años vive Víctor Manuel González Requena (22/01/80), más concretamente en Tegucigalpa. ¿Y qué hace allí? Algo que le honra como persona y que ha hecho toda la vida: Ayudar a los demás.



SU HISTORIA

Víctor es un claro ejemplo de que con constancia y tesón, uno puede conseguir todo lo que se propone. ¿Creen que de lo contrario tendría este currículum a pesar de su juventud? Del colegio Diego Velázquez pasó al Instituto Fuente Nueva para en 1998 estudiar Ciencias Políticas y Sociología en Granada. Disfrutó de una beca Séneca en Barcelona e hizo Trabajo Social también en Granada, sin dejar de trabajar repartiendo periódicos, en una escuela, o en una distribuidora de piezas de automóvil.

La vida le deparaba un nuevo cambio de lugar, en este caso en Sevilla, donde ingresa en la Residencia Universitaria Flora Tristán para formar parte de un proyecto de la Universidad Pablo de Olavide, que consistía en vivir y realizar voluntariado social en las conocidas 3000 viviendas, donde colaboró con el Centro de Educación de personas Adultas (“esto me enriqueció de manera extraordinaria”) siendo alfabetizador de personas adultas gitanasy parcipando en unas tertulias literarias dialógicas (experiencia impulsada por su amiga Luisa y que ha llevado a la organización en el barrio de un Congreso Nacional sobre Tertulias e incluso a la formación de un grupo teatral compuesto en su mayoría por mujeres mayores no académicas, dirigido por un personaje único llamado Momi que está siendo invitado a múltiples actos, actividades y festivales).


Por si no era suficiente, Víctor seguía buscándose la vida con actividades extraescolares o en un programa de participación infantil antes de cruzar el Atlántico rumbo a Honduras, donde ni mucho menos ha dejado de formarse. Muchos lo recordarán en su periplo como reponedor en COPO.

Su altruismo y unos sólidos valores que deberíamos imitar todos, le hicieron establecerse en Tegucigalpa, capital hondureña de un millón doscientos mil habitantes. Su sueño era ayudar a los niños y jóvenes sudamericanos que aún hoy, en pleno s.XXI, viven en la calle. Lo dejó todo por esta iniciativa que se le presentó a través de la Fundación Diagrama (a la vez, estuvo en Casa Alianza de Honduras codirigiendo un proyecto con niños y jóvenes sin techo, y supervisando otro dedicado a las víctimas de explotación y abusos sexuales) . Ahora tiene oportunidad de estar en Save the Children (www.savethechildren.es) haciendo algo con lo que disfruta, y sin plantearse un regreso a nuestro país, en parte por la actual situación laboral.

No hay que olvidar, tampoco, la experiencia de voluntariado que tuvo en Cuba y El Salvador, primero, y más tarde en Perú (en un viaje durante mes y medio similar a la Ruta Quetzal, pero con muchos menos recuros, en compañía de más de 125 jóvenes de todo el mundo)


SU VIDA EN HONDURAS

“El día siempre comienza muy temprano con una sonrisa de nuestra hija Duna Malaika”. Después vienen los juegos, el desayuno, y el trabajo. Llegar a él es casi una aventura puesto que el tráfico en Honduras es horroroso. “Intento tomármelo con calma”. Allí tiene dos tareas primordiales: Por un lado en el ordenador o participando en sesiones de trabajo con las instituciones (Policía, Fiscalía de la Niñez, Migración, UNICEF…). La otra parte de su quehacer diario se resume en visitas de campo a zonas donde tienen proyectos sociales, como en Guatemala. Es el responsable en Honduras de un convenio financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Tienen como objetivo fortalecer las instituciones públicas y privadas responsables de la protección de la niñez hondureña. Por si fuera poco, en su tiempo libre es voluntario en otros proyectos sociales.

El resto del día lo comparte con Clarissa, su mujer, y con su hija, disfrutando de la vida familiar. “Vamos a cenar, visitamos a amigos, paseamos por el parque cercano a nuestra casa, vemos cine, leemos, dialogamos, etc. En ocasiones también estudio debido a la realización de un curso a distancia sobre prevención de abuso sexual”.

Las vacaciones y días festivos los aprovechan visitando la parte caribeña de Honduras, de donde es su mujer, a quien conoció durante su primera semana en la ciudad. “Once meses después, nos casamos, y tenemos una niña de seis meses”. El resto de su familia vive en Roquetas de Mar (familia materna) y en El Ejido (familia paterna). Sus padres, Ana María Requena y Antonio Manuel González, y su hermano Pablo son los propietarios de Ejido Cristal Decoración.

Le han ocurrido decenas de anécdotas en esta aventura (curiosamente, el programa de televisión “Supervivientes” se rueda allí, en las islas de Cayos Cochinos). Ha sido jurado de un concurso de belleza transexual, uno de los colectivos más perseguidos. “En una ocasión perdí un jersey que me regaló mi madre y unos meses después nos encontramos con un joven en situación de calle que conocíamos (Clarissa trabajaba para Médicos Sin Fronteras)… ¡y llevaba ese mismo jersey! Estuvimos emocionados unas buenas horas por haber vivido ese encuentro”.

También ha podido comprobar, en sus propias carnes, la experiencia de viajar, aunque sea durante unas horas, en un cayuco destartalado, bastante inestable y con motor nimio.
“Realmente, salvando las obvias distancias, me sentí como los migrantes que viajan para llegar a nuestras costas durante jornadas interminables, y cuyas vidas en muchas ocasiones se quedan en el agua… ”.

“Los paseos por las calles a menudo son un baño de cruda realidad social de los países menos desarrollados”. El principal problema con el que se encuentra Víctor es el de la inseguridad ciudadana, que limita sus movimientos sobre todo por las noches, siendo necesarias algunas precauciones impensables para nosotros. “Los españoles, y los ejidenses en particular, somos muy directos a la hora de tratar a la gente. También solemos hablar muy fuerte y rápido, empleamos muchas palabras malsonantes, mientras que en Honduras la gente es más pausada, mucho menos directa, y hablan educadamente”. Hay alguna tienda de moda española, e incluso productos importados como atún o aceitunas. Víctor se sorprendió por encontrar turrón español en Navidad. “Echo de menos atravesar la plaza Cervantes con el sol en pleno apogeo, una caña con su correspondiente tapa, el viento azotando en el Castillo de Guardias Viejas, un atardecer en Balerma, el patio de la casa de mis abuelos…”

El clima es un lujo, ya que promedia una temperatura de 25 grados todo el año en Tegucigalpa. Lo único negativo es que en la época de lluvias la ciudad suele inundarse. La prueba la tenemos en 1998 con el huracán Mitch, una auténtica tragedia. El sistema sanitario del país es muy deficiente, no cubre con mínimas garantías las necesidades básicas de salud de la población, sobre todo debido a la escasez de asignación presupuestaria por parte del Estado. “Me remito a la canción de Juan Luis Guerra, El Niágara en bicicleta. El sistema sanitario de España es prácticamente único en el mundo (sin contar Europa). Todo un privilegio”.

Tanto me han impresionado el testimonio y la vida de Víctor, que podríamos seguir hablando horas y horas. Es un ejemplo a seguir. Antes de despedirse, me pide que os recomiende una vista a las islas paradisíacas de Honduras, donde viven estrellas de Hollywood (isla de Roatán)… y hasta Bustamante, las ruinas mayas de Copán, La Mosquita (reserva biológica) y pasar un día junto a los garifunas (subsaharianos mezclados con indios caribes) que aún hoy conservan algunas costumbres de hace 300 años. Bravo Víctor, me quito el sombrero ante ti.

Rocío Rodríguez Aguilera, una ejidense trabajando en Japón

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Aunque en Japón desayunen arroz, yo prefiero mi vaso de leche con galletas

Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Rocío Rodríguez Aguilera

Cuando pensamos en Japón, es inevitable irnos directamente al manga, los samuráis, el karaoke, la ceremonia del te, el sushi y las geishas, pero el país del sol naciente es mucho más que este sinfín de tópicos.

Alrededor de 11.000 kilómetros separan El Ejido de Japón, o lo que es lo mismo, la calle Granada, donde ha vivido toda su vida Rocío Rodríguez Aguilera, y Tokio, donde reside actualmente gracias a una Beca Vulcanus de la Unión Europea para estudiantes de ciencias, ingenierías y arquitectura. Consiste en estar durante un año en Japón para aprender el idioma durante 4 meses, y pasar los 8 restantes haciendo prácticas en una empresa del país. A nuestra amiga le ha tocado trabajar en la Mitsubishi Chemical Corporation, en Kurashiki (Okayama), una de las ciudades históricas por excelencia de Japón, situada justo en la desembocadura del río Takahasi.

La protagonista de esta, Rocío Rodríguez Aguilera (20/12/1980), no se lo pensó dos veces cuando vio la posibilidad de viajar al país asiático más avanzado del mundo. Estudió Ingeniería Química en la Universidad de Granada y estuvo tres años en el University College de Cork, en Irlanda, haciendo el doctorado.

Su periplo en Tokio ya ha finalizado, como el curso intensivo de japonés al que se tuvo que someter junto a otros diez españoles que también se animaron a conocer la cultura oriental. “En Tokio hay un montón de cosas que hacer, me faltaba tiempo para aprovechar todos los recursos que ofrece”.

Ahora está en Kurashiki, ciudad de 450.000 habitantes mucho más tranquila y con un clima bastante similar al que tenemos en El Ejido. Allí puede tocar con los dedos los vestigios del pasado en forma de unos almacenes del s. XVII construidos en madera (los kura), rodeados de canales plagados del pez típico japonés, el koi, con infinidad de colores y cuyo nombre significa “amor y afecto”. En televisión hemos visto peces koi representando el mar y la luna, simulando la dualidad (el Ying-Yang).



LA VIDA EN JAPÓN

La principal diferencia con España la encuentra en la forma de ser de las personas. “Los japoneses y los españoles somos dos culturas completamente opuestas, ellos son mucho mas cerrados y es difícil entablar una amistad con un japonés”. Rocío confiesa que sus amigos son personas más tratables ya que han tenido experiencia en el extranjero, con lo que han abierto su mente, como le ha tocado hacer a ella.

Para los japoneses, el trabajo es lo principal en la vida, mucho más que la propia familia. Quizá tenga que ver esto con el alto índice de suicidios con los que cuenta el país. “Fueron muchos los días durante mi estancia en Tokio en los que el metro sufrió retrasos debido a que alguien se había suicidado allí”.

Lo más positivo de ellos es lo que Rocío define como “la sociedad del respeto”. En Japón no se hacen preguntas privadas a menos que tengas bastante confianza (que a nadie se le ocurra preguntar a un japonés sobre su salario o sus ligues). Para ellos, la propiedad ajena es sagrada, por lo que la delincuencia es prácticamente inexistente. Si una persona se encuentra algo en la calle, rápidamente lo lleva a la oficina de objetos perdidos. Igual que aquí. “Cuando alguien tiene un resfriado o una gripe, se pone una mascarilla para no contagiar a los demás, como las que se ven ahora en la tele con el problema de la nueva gripe. ¡Yo también la he llevado cuando me he resfriado!”. Y es que allá donde fueres, haz lo que vieres.

Me imagino que otra de las sorpresas con las que se encontró la buena de Rocío, ocurriría en el fin de año japonés. No creo que se le pasase por la cabeza intentar tomarse las doce uvas allí, más que nada porque en Japón se despide el año con ¡108 campanadas!, una por cada uno de los 108 vicios o impurezas humanas que deben purgarse para dar la bienvenida al Año Nuevo. Ellos lo llaman joya no Kane”.

Si pudiese, vendría cargada de comida. “No creo que pueda traerme el okonomiyaki, mi comida preferida. De todas formas, no sabría cocinarlo”. Misión imposible es ver algún producto español allí. Le suena haber encontrado, milagrosamente, aceite de oliva, y cuenta entre risas que “un día, en una fiesta en Tokio, encontramos zumo de naranja Don Simón y algún compañero no pudo evitar hacerse una foto con el producto”. La comida es más barata que en España y se come bastante pescado junto con verdura, y por supuesto el arroz. “Lo comen a todas horas, para desayunar, almorzar, cenar… pero yo prefiero desayunar un vaso de leche con galletas”.



SU RUTINA DIARIA

Rocío entra a trabajar a las 8 de la mañana, y sale a las 6 de la tarde. Hace el trayecto de casi 10 kilómetros a bordo de una bici comprada para la ocasión. Cuando llega a su casa, tiene pocas ganas de salir a la calle, por lo que aprovecha su tiempo en llamar a sus seres queridos en El Ejido y a navegar por Internet.

No deja de sorprenderse por la costumbre de hacer ejercicio en el trabajo. “Es muy curioso. Suena música en toda la planta y tenemos que hacer unos ejercicios de forma mecánica. Después, el grupo se reúne y hablamos de la agenda del día, incluyendo las tareas de cada uno. ¡Como hablan en japonés, yo no me entero ni de la mitad!”

Antes de despedirse, aprovecha para hacernos unas cuantas recomendaciones que no debemos pasar por alto. “Si vienes a Japón, tienes que visitar Kyoto y Nara, aunque en este último sitio, ten cuidado con los ciervos”. Uno de ellos se comió de un bocado la guía de Japón de Rocío. Nos insiste en que no seamos tímidos y probemos una especie de baño termal llamado onsen en el que la gente tiene que desnudarse completamente para poder disfrutar del placer de bañarse en él. Namaste.

Contacto: www.almeriensesporelmundo.com alberto@albertocerezuela.com

Cecilio Santiago Alcalde, apostando por la aventura en Malta

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Echo de menos las hortalizas de El Ejido, las mejores de toda Europa

Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Cecilio Santiago Alcalde

Quizá sea producto de la suerte, pero no me negarán que tienen que darse un buen número de carambolas y casualidades para encontrar a un antropólogo ejidense trabajando en una casa de apuestas por Internet en la isla de Malta. Estoy plenamente convencido de que los responsables del departamento de recursos humanos de Betfair (www.betfair.es) no dudaron ni un momento cuando ficharon a Cecilio Santiago Alcalde (20/08/1976) para su equipo. Me imagino que Julio Maldonado, “Maldini”, el experto en fútbol internacional que da imagen a la empresa, le venía siguiendo desde hace tiempo. Y es que apostar por Cecilio es apostar al caballo ganador.



Don Francisco y Doña Puri, maestros del colegio Pablo Ruiz Picasso, fueron los primeros en darse cuenta que Cecilio llegaría lejos tras comprobar cómo despuntaba en matemáticas y en lengua castellana, aunque ni la mente más imaginativa de aquel entonces podía vaticinar que el inquieto chaval que jugaba al clavo en los “cuadraos”, al fútbol en los “chinorros” y que sacaba de sus casillas a los vecinos de la Loma de la Mezquita corriendo en bici por la acera de los “tres bloques”, terminaría viviendo en una isla del Mediterráneo unos cuantos años después.


TRABAJA EN UNA MULTINACIONAL DE APUESTAS ONLINE


Aunque en este reportaje está siempre presente el azar, sacarse las carreras de Derecho y Antropología no es ni mucho menos un juego, como tampoco está al alcance de todos los mortales, pero Cecilio lo volvió a conseguir.

En agosto de 2004, sin tener muy claro qué hacer con su vida, decidió que quería aprender inglés para trabajar como investigador en la universidad en un futuro no muy lejano. Así fue como Cecilio Santiago Alcalde, sin ninguna atadura en el Poniente almeriense, dejó a sus amigos y familiares (sus padres siguen viviendo en la Plaza Cervantes) y puso rumbo al Reino Unido. Londres fue su primera parada. Allí estuvo trabajando en Starbucks (la cadena de cafés para llevar más famosa del mundo, y quizá la más cara) de Oxford Circus con compañeros de 15 nacionalidades. Algunos de sus amigos le habían recomendado esta aventura y él no duda en hacer lo mismo con los lectores de “Ejidenses por el mundo”. De ahí pasó a Betfair, que en apenas un año decidió apostar todas sus fichas en este concienzudo almeriense, que como estamos comprobando no va de farol, y llevárselo a Malta, donde reside desde hace más de 6 meses. Tras casi un lustro en el Reino Unido, era lo que le pedía el cuerpo, y nada mejor que una sugerente isla del Mediterráneo con clima y costumbres similares a los de El Ejido para acogerle. La diosa fortuna seguía de cara.

¿Se imaginan viviendo solos en Malta? Cecilio cogió el toro por los cuernos y se las arregla estupendamente en el turístico pueblo de Qwara. En su empresa es imprescindible ya que se encarga de mantener actualizados los contenidos de la página web en español. “Generalmente hago banners para los deportes que se juegan durante el día, actualizo los enlaces de los eventos y realizo traducciones del inglés al español para los nuevos productos o las reglas de los mercados apuestas”. Además, ya ha demostrado a sus internacionales compañeros cómo se las gastan los ejidenses: “En la conferencia internacional de la empresa, los representantes de los diferentes países estaban sentados por mesas jugando al trivial. Yo estaba sentado en la mesa Spain2, principalmente compuesta por españoles e ingleses. Después de la segunda ronda íbamos terceros, siendo los primeros los alemanes, que se sentaban al lado nuestro y donde estaba mi jefe, que es alemán. Ni corto ni perezoso, se me ocurrió espolear a los ingleses diciendo que no se iban a dejar ganar por los alemanes… con todo lo que eso acarrea entre los dos países. En fin, la cosa funcionó y Spain2 fue la ganadora por delante de Germany1 y recogimos nuestra Eurocopa particular”. Así es como Cecilio se hace querer entre sus 200 compañeros de trabajo en Malta, 6 de ellos españoles (Betfair tiene más de 1000 empleados en todo el mundo).


A pesar del paladar distinto que atesora Malta dentro de la cocina mediterránea gracias a su fusión de sabores italianos, turcos e ingleses, Cecilio echa de menos los pimientos y tomates de El Ejido. “De esa calidad y a ese precio no hay en toda Europa, la verdad”, y sólo encuentra hortalizas de la tierra, muy de vez en cuando, en el LIDL. Con la reciente entrada de Malta en la Unión Europea, y el auge de españoles que buscan aprender inglés en un envidiable clima (y sobre todo por la oferta de turismo, sol, playas y fiesta), nuestro amigo espera que la distribución mejore día a día y pueda tener a su alcance los productos españoles que tanto añora.

Su familia y amigos están siempre presentes en sus pensamientos. También el Poli Ejido, y quién mejor que este experto en apuestas deportivas para augurar el ansiado ascenso a segunda división. ¿Cuánto ganarán los que apuesten en Internet por el Poli Ejido en la liguilla de ascenso? Por lo pronto, yo ya he cruzado los dedos tras dejarme unos cuantos euros on-line.

Este espíritu libre no duda en confesar, desde la seguridad que le otorga el poder volver a casa siempre que lo desee, que Malta no será su último destino en el extranjero. Yo apuesto a que sí, ¿y ustedes?

Contacto: www.almeriensesporelmundo.com alberto@albertocerezuela.com


Ludmilla Ortega, una ejidense en la Universidad de Harvard

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“Si no te gusta el tiempo que hace, sólo tienes que esperar 5 minutos”

 

Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Ludmilla Ortega

Tenemos mucha suerte por tener una ejidense tan admirable como Ludmilla Ortega. Su carrera profesional está siendo envidiable. ¿O me van a decir que hay muchos ejidenses que puedan presumir de haber estudiado en la Universidad más famosa y prestigiosa del mundo?

Aunque nacida en Madrid, Ludmilla es ejidense hasta la médula. Tenía 5 añitos cuando su familia decidió mudarse a Almerimar. Fue a principios de los ochenta cuando sus padres, como si de una profecía se tratase, vaticinaron que esta zona iba a ser lo más parecido a un paraíso. Se enamoraron de su potencial e hicieron las maletas poniendo rumbo a nuestras cálidas playas, y no se equivocaron.

Durante varios años, su padre se dedicó al cultivo de hortalizas antes de desempeñar otro tipo de trabajos. “Ahora miramos atrás y no dejamos de sorprendernos de cómo ha cambiado todo. Poco a poco, Almerimar se ha convertido en una de las zonas más exclusivas de Andalucía.”

Su primer colegio fue el Diego Velázquez, en Ejido Norte, antes de pasar al Instituto de Santo Domingo donde finalizó con éxito el bachiller. A partir de ahí, su carrera ha sido vertiginosa:
Se fue a Madrid para estudiar periodismo en la Universidad Complutense, donde estuvo tres años. El cuarto lo pasó en la Haagse Hogeschool de La Haya (Holanda), donde descubrió que lo suyo era viajar. Decidió pasar en México su quinto año de estudios superiores, en la Universidad de Guadalajara, para terminar su periplo internacional al año siguiente yéndose a vivir a Colonia (Alemania). Allí paso cerca de dieciocho meses compaginando sus estudios de postgrado en Política Internacional en la Universität zu Köln, con diversos trabajos para ganarse la vida (desde repartir periódicos hasta camarera, pasando por azafata en ferias internacionales). Es que la beca no daba para muchas alegrías…

Ludmilla regresa a Madrid para matricularse en el Doctorado de Relaciones Internacionales de la UCM, donde consigue una beca predoctoral para viajar a distintos países e investigar los movimientos migratorios del norte de África a la Unión Europea (como no podía ser de otro modo, el último capítulo lo ha dedicado a El Ejido).

Al terminar su beca, no tuvo más remedio que pasar una época alejada de su pasión por conocer mundo. Es así como se afianzó profesionalmente en nuestro municipio, donde ha trabajado en el diario IDEAL y en Ejido Televisión. Seguro que les suena su cara ya que estuvo durante tres años presentando los informativos.

Nuestra intrépida reportera no lo dudó ni un momento cuando tuvo la oportunidad de viajar a Cambridge (Massachusetts) por medio de una beca concedida para terminar su Tesis Doctoral en la universidad más antigua de Estados Unidos, Harvard, como hicieron antes personalidades de la talla de Bill Gates, John F. Kennedy, Theodore Roosevelt, Natalie Portman o Barack Obama, cuya campaña tuvo la oportunidad de seguir Ludmilla. “Fue una experiencia única estar aquí y compartir con mis compañeros todo tipo de percepciones. Todos los días había debates en la Universidad y era realmente divertido. Cuando se supieron los resultados, hubo una macrofiesta… ¡la gente estaba realmente desatada!”

Desde septiembre comparte piso con tres americanos (dos chicas y un chico) a mitad de camino entre Boston y la universidad, donde está viviendo la experiencia de su vida. “Te dan todas las facilidades, por eso es la más prestigiosa del mundo. No hay excusa para no ser productivo. Tengo acceso a infinidad de recursos online, las clases son magistrales y nos visitan figuras a nivel mundial. Hay Internet en cada esquina, atención personalizada, servicios gratuitos, los profesores son muy accesibles a pesar de ser eminencias… ¡hasta escolta para los alumnos que se quedan trabajando de madrugada! El estudiante sólo se tiene que preocupar de estudiar”. Que no es poco.
La gente de Nueva Inglaterra es similar a la de aquí. Casi todos han visitado España en alguna ocasión. La principal diferencia que ha encontrado nuestra ejidense más viajera es el clima y la economía. No termina de acostumbrase a inviernos de -12º (“A veces me daba miedo salir a la calle”) y a la inestabilidad de las temperaturas (el otro día pasó de 13 a 33º en unas horas), y no hubiera podido estudiar si no es gracias a la beca. Un curso normal suele costar 40.000 dólares (en Medicina, rondan los 120.000), por eso casi todos se las apañan con becas.
Paga por su habitación 760$, nada comparado con los 1.500$ que cuesta una habitación mensual en Manhattan. Eso sí, los trabajos están mucho mejor remunerados que en nuestro país.

Echa de menos algunos productos españoles. “El otro día compré un chorizo… pero ni comparación con los de allí. Sueño con una tapa de morcilla de Dalías y tomatito raf”. También a su gente, a pesar de tener a sus “padres americanos”, Ellen y Fred. Contactó con esta pareja de jubilados en una página de intercambio temporal de viviendas. Ellos se irían a Almerimar, y Ludmilla se establecería en su domicilio durante un tiempo. Como las fechas no cuadraban, Ludmilla se tuvo que presentar en su casa sin conocerlos, pero ellos amablemente la acogieron como una más. “Me trataron como una hija y me regalaron de todo: toallas, mantas, lámparas… y una bici”. El día de acción de gracias lo pasa con ellos comiendo pavo como en las películas.
Ludmilla siempre presume de su pueblo a los americanos: “Cuando me preguntan, me encanta señalar con el dedo en el mapa el lugar exacto donde vivo, y siempre recomiendo a los americanos una visita a El Ejido… ¡El único pueblo del mundo al que ni los Rolling pudieron resistirse! ¡Anda que no me gusta contarlo!” Como se va a trabajar a Naciones Unidas en Nueva York, no la veremos hasta dentro de un tiempo. Good luck!

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Ana Sánchez García, 60 días de oscuridad en Suecia

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“Noviembre es terrible. ¡A las 12 del mediodía me pongo a comer y es de noche! ¡Me deprimo!”

Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Ana Sánchez García

¿Han experimentado alguna vez la sensación de pasar de 80º a 10º bajo cero en cuestión de segundos? Ana Sánchez García (23/10/1978) nos lo recomienda desde Suecia. Es lo que suele hacer ella en invierno cuando se acerca a una de las casetillas-saunas que hay en los lagos, junto a su novio Juande Barajas (natural de Huelma, Jaén). Se trata de cruzar el lago hasta la sauna, estar unos minutos achicharrándose de calor, y salir corriendo para revolcarse en la nieve. Y viceversa. “Si te lo piensas, no lo haces. Notar ese cambio de temperatura en tu cuerpo está genial”.

Ana Sánchez vive en una ciudad de 115.000 habitantes llamada Umeå, al norte de Suecia. Está en la “ciudad de los abedules” (conocida así porque en 1888 fue arrasada por el fuego, y para prevenir futuros incendios decidieron aumentar la distancia entre las casas y plantar abedules en las calles) desde que su novio consiguió un contrato de dos años en la Universidad para trabajar en su laboratorio investigando con plantas. Ambos se licenciaron en Bioquímica por la Universidad de Granada y Juande, tras terminar la tesis, necesitaba salir durante dos años al extranjero para hacer un Postdoctoral y así tener acceso a una plaza fija en un laboratorio de España. Ana decidió acompañarle en esta aventura que la ha llevado hasta un lugar que “no tiene nada que ver con la vida en El Ejido”. La gente en Suecia es muy confiada y tranquila, todo está muy organizado y, aunque hay excepciones, las personas son bastante civilizadas. Prueba de ello es la simpática anécdota que le ocurrió a su llegada:
“Al poco tiempo me apunté al gimnasio. Todo iba muy bien hasta que después de un mes, la tarjeta que uso para entrar empezó a darme problemas. Pregunté varias veces en recepción y me lo solucionaron, pero por tenerme esperando 10 minutos (una barbaridad para ellos), me regalaron un mes de cuota”. Además, por las molestias causadas (¡menudas molestias!), le regalaron la cuota correspondiente a octubre. ¡Hasta le obsequiaron con un carnet de descuento para el resto del año! Igualito que aquí, vaya. “Lo que más me sorprendió fue el apuro que tenía el hombre por no saber lo que pasaba con mi tarjeta y por tenerme allí esperando”.
Allí es muy frecuente encontrar parejas jóvenes que tienen ya varios hijos, ya que el gobierno de Suecia paga un sueldo por cada hijo que tengas hasta que cumpla los 16 años.
A los suecos les retienen el 30% de su sueldo, que se emplea, sobre todo, en educación y salud, que son completamente gratis. Incluso la universidad y los masters no tienen ningún coste. “A veces pienso que son demasiado perfectos”, confiesa nuestra amiga, que ha hecho el mismo viaje, pero a la inversa, que las suecas en los años 60.

No duda en afirmar que está deseando volver a El Ejido. Echa muchísimo de menos la gente (allí son muy independientes), las tapitas, el bullicio de las calles, y sobre todo a su familia. Ana necesita un día entero para viajar a Almería. Por eso no puede hacer las típicas escapadas de fin de semana. Aunque Umeå tiene aeropuerto, no hay buenas conexiones de vuelos, viéndose obligada a hacer escala en Estocolmo, con lo que pierde mucho tiempo. Para que se hagan una idea de dónde se encuentra Ana Sánchez, basta con recordar, sobre todo los ochenteros como yo, aquellos dibujos animados que empezaban así: “En Laponia, hace frío, pero yo me río, mi abuelito Yulupuki, es amigo mío…”. Aunque habita en la misma zona, espero que Ana no vista con el gorro rojo que llevaba Noeli.



60 DÍAS DE OSCURIDAD

Uno de los fenómenos más curiosos con los que se ha encontrado Ana en su aventura es el llamado “sol de medianoche”. Desde Junio hasta finales de agosto es prácticamente de día siempre. Cuenta que en agosto, a las 11 de la noche, sigue habiendo claridad en el cielo. En invierno ocurre al contrario. Desde mediados de noviembre hasta casi finales de enero, siempre es de noche. Las pocas veces que sale el sol es similar al que vemos en España cuando empieza a anochecer (muy débil y oblicuo). “Noviembre es terrible. ¡A las 12 del mediodía me pongo a comer y es de noche! ¡Me deprimo!” Con mucha simpatía, me confiesa que los suecos no saben lo que son las persianas. “Imagínate lo que es despertarte a las dos de la madrugada y que entre el sol por la ventana. Te piensas que te has dormido y que ya es hora de levantarte”. Aún así, a Ana nos recomienda ver este fenómeno al menos una vez en la vida.
¿Y la comida? Es fácil encontrar hortalizas almerienses, pero a precio de oro, y se acuerdan mucho del jamoncito y los embutidos. ¡Es lo que tiene la vida en Almería y Granada! Allí también venden, pero su sabor no es comparable. “El queso curado no lo encuentras aquí ni de casualidad… ¡Y anda que no echamos de menos los boquerones y las bacalaillas! Lo único que hay es una especie de arenques que huelen fatal. Tienes que abrir la lata en la puerta de la calle para que no te apesten toda la casa”. También hay salmón, salmón y salmón. Lo odia.
Pretenden importar una costumbre sueca: Cuando llegas a una casa, lo primero que haces es quitarte los zapatos y andar con calcetines si es invierno, y descalzo si es verano. Así no se ensucia nada con el barro y la nieve que traes de la calle. Los suelos son de madera, tienen aislante, y la calefacción siempre está a 23º durante todo el año.
Todavía le queda un año y medio en Suecia. Lo aprovecha cada día aprendiendo el idioma de 8.30 a 12.30. “Es muy difícil”, revela. Quizá lo aprenda pronto y le pueda enseñar a su hermana Elena cómo se canta un gol del Poli en sueco. Yo ya lo he hecho.

Contacto: www.almeriensesporelmundo.com alberto@albertocerezuela.com

Mayte Callejón - Una ejidense en Isla de Reunión

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“Vivo rodeada de lagartos, insectos, tiburones y un volcán en erupción”

Texto: Alberto Cerezuela Rodríguez

Fotografías: Mayte Callejón Sánchez

Si hay una ejidense que ha estado a las puertas del Paraíso, esa es Mayte Callejón Sánchez (17-09-1975), que cada día lo roza con la punta de los dedos. Su alma inquieta siempre la ha llevado a conocer otros países y nuevas culturas. Mayte ha residido en Irlanda, Francia y Alemania. Ahora la encontramos muy cerca del Trópico de Capricornio, en la Isla de Reunión (que junto a la de Mauricio forman las Islas Mascareñas) al este de Madagascar.

¿Han pensado alguna vez cómo sería estar en una isla perdida en el mar? Mayte dice que es como estar viviendo constantemente una aventura. Se ha acostumbrado a su clima tropical (la temperatura media anual ronda los 30º C) y a sus fenómenos naturales, aunque cueste creer que alguien se habitúe a convivir con un auténtico volcán en erupción, el Pitón de la Fournaise, o con los terribles ciclones que de vez en cuando hacen acto de presencia en la isla. Y es que estar en armonía con la naturaleza tiene su encanto. En su apartamento, decenas de lagartos conviven pacíficamente con ella. Se sigue despertando cuando los pájaros picotean sus ventanas. Cuando disfruta de un reconfortante baño en las cálidas playas de barrera coralina, mantiene los ojos bien abiertos ante posibles ataques de los tiburones que habitan sus costas. Los conciertos de ranas y sapos son gratis tras una jornada de lluvia, y, a pesar de llevar más de seis meses allí, sigue soltando un grito cada vez que un insecto tropical se posa sobre sus hombros.

Lo que otros países no consiguieron, la Isla de Reunión lo ha hecho posible. Sus poco más de 60 km de este a oeste y 45 de norte a sur han conseguido conquistarla. Cuando le pregunté por los motivos que la llevaron a cruzar el globo terráqueo, ella no lo dudó: “Llevaba tres años soñando con la idea de venir hasta Reunión. Como futura maestra y ciudadana ejidense, me interesaba conocer un lugar donde a pesar de las diferencias étnicas, culturales o religiosas, las personas convivieran perfectamente. Reunión es un ejemplo a seguir.”

Su marido también forma parte de esta aventura. No tiene reparos en afirmar que “estoy allí por amor”. Está entusiasmado con la experiencia. Es italiano y construye máquinas industriales para empresas de Milán. La parte de diseño la puede llevar a cabo en cualquier lugar del mundo, sólo necesita su ordenador y una conexión a internet. Por eso, cuando le hacen la típica pregunta sobre qué se llevaría a una isla desierta, lo tiene muy claro: “Mi mujer y mi portátil”.

Llegó el 29 de septiembre del año pasado para cumplir con un contrato de trabajo de seis meses en la universidad. Su labor consiste en enseñar lengua y cultura españolas. Es la asistente de los profesores de español.

Al trabajar solo doce horas semanales, Mayte dispone de mucho tiempo libre para explorar el lugar. Gracias a ello, las anécdotas no le faltan: “Cuando vas en el autobús y solicitas la parada tienes que dar dos palmadas, de no ser así el chófer no para. Me parece algo muy gracioso.”

Aunque le costó un poco adecuarse al ritmo de vida en Reunión, ahora no lo cambiaría por nada. “Es muy frecuente hacer autostop. Una vez para ir a un festival tuvimos que subirnos en cinco coches distintos. El primer coche lo conducía un señor que iba en calzoncillos, nos contó que se había casado tres veces, que era parisino y que se vino a vivir a Reunión por sus mujeres guapas. En el segundo iban tres pakistaníes que hablaban regular la lengua francesa (explicarles el sitio al que íbamos fue una aventura). El tercero era un chico joven con un descapotable y la música bastante alta. El cuarto lo conducía una señora que no dejó de hablar con el móvil en todo el trayecto. Y por último, una familia con un bebé y todo lo que se necesita para disfrutar de la playa (sombrilla, flotador, etc)… ¡en un Twingo! Casi ni cabíamos en el coche. Cuando llegamos al festival, sonaba la última canción… estaba acabando la fiesta.”

Lo único que echa de menos es la familia y los amigos, la mayoría en Santa María del Águila. En Reunión tiene de todo, hasta embutidos, aceite y aceitunas españolas. El precio de la verdura depende del clima, disparándose en época de ciclones. Ha caído rendida a los encantos de la fruta tropical, bastante accesible, y nos recomienda algunas piezas desconocidas para la mayoría de nosotros como guayabas, letchis, longanis, sin olvidarnos de la fruta de la pasión.

Reunión es una isla que pertenece a la República Francesa, por lo que forma parte de la Unión Europea, y su moneda es el euro. No hay demasiado turismo y tan solo existe una fábrica en toda la isla (de azúcar), lo que obliga a sus habitantes a vivir de las ayudas del estado. Dependen de la importación de comida y energía, y el desempleo es un grave problema. Quizá por este motivo Mayte pone mucho empeño en enseñar todo lo que pueda a sus alumnos. Su sueño es que mejoren en calidad de vida. “Yo les cuento a mis alumnos que en mi tierra, cuando llueve, hacemos una comida especial, las migas, y ellos se ríen. La lluvia forma parte de sus vidas.” La diferencia más grande que encuentra es el paisaje. “Nosotros tenemos un clima árido, apenas tenemos vegetación y en cambio aquí es todo lo contrario.” A Mayte le encanta mezclarse entre culturas (la población de Reunión está formada por europeos, africanos, indios y chinos), aunque dice que eso también lo tendrá, en cierta medida, en El Ejido. La aventura toca a su fin. Estamos tristes porque una parte de nosotros se quedará aquí, pero contentos por volver a casa.” En una semana está de vuelta, aunque estoy convencido de que nuestro municipio no será su última parada.

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